A propósito de ‘Héroes’

Artículo de Emilio. 6 y 14 de mayo de 2021.

Es muy de agradecer que V. nos dejara por aquí este escrito , que de manera tan certera atinaba a señalar, entre otras cosas, que la emergencia sanitaria que estamos padeciendo no es sino una guerra —progresada y disimulada, pero guerra al fin y al cabo— contra la gente, pero también que esta guerra es todas las guerras y que todas están en esta, como demuestra el repertorio de turbios mecanismos (de unanimidad y solidaridad obligatorias, de obediencia ciega, de desentendimiento, de racionalización y de encubrimiento) que el escrito saca a la luz y que están ahora mismo perfectamente vigentes, y sin los cuales parece que no hay empresa bélica que pueda ponerse en marcha y cumplir con un mínimo de eficacia sus irracionales designios.

Dejo a un lado la cuestión de la ausencia o desaparición del enemigo humano externo que era condición sine qua non de las guerras de antaño, cuestión que merece tratarse aparte y por extenso, y paso a fijarme y a abundar en otro de esos mecanismos o fenómenos bélicos esenciales, no mencionado expresamente pero sí implicado o sobreentendido en el breve escrito que nos ocupa. Me estoy refiriendo a la prohibición de hablar; a la desaparición, por represión y censura generalizadas, de toda crítica, cuestionamiento o contradicción de la faz de la vida social, prohibición que puede entenderse como el reverso de ese otro mecanismo de identificación solidaria, unánime y obligatoria con el Todo que ya se ha mencionado e incluirse, como digo, en el repertorio de mecanismos bélicos intemporales que venimos padeciendo en este interminable año de dictadura y guerra sanitarias.

Esta prohibición de hablar rige con el mayor de los rigores en el ámbito de los medios de formación de masas, del que desapareció, desde el instante mismo en que se declaró la pandemia, toda discrepancia que no pudiera ser presentada bajo la figura ridiculizable, escarnecible y vilipendiable del demente «negacionista», enemigo de la salud pública y por tanto de la Patria, cuyo espantajo se exhibe regularmente en oficio de enemigo interno y de chivo expiatorio para mejor disuadir de cualquier veleidad o impulso crítico. Pero rige también (y es a lo que voy ahora) en el dominio de los tratos cotidianos entre la gente, dominio en el que, en algún momento que no sabemos, entró igualmente en vigor el misterioso mecanismo que vuelve irreligiosa, blasfema, herética y criminal toda duda o cuestionamiento de lo que está pasando, y en el que la prohibición ha adquirido muy rápidamente rango de norma de urbanidad o de etiqueta. En efecto, hace ya mucho que es de muy mal tono y señal de nulo tacto social no ya hablar abiertamente en contra, sino poner simplemente en duda la necesidad, la utilidad o el sentido de cualquiera de las medidas de asfixia, castigo, envenenamiento, criminalización, terror y control que se nos están aplicando en el curso de esta guerra, hasta el punto de que infringir esta ley no escrita puede desencadenar las más acres discusiones, los insultos y ofensas más inopinados y la expulsión o excomunión, tácita o expresa, del infractor de su grupo de pertenencia.

Siendo ésta la ley y tales las penas, cabe preguntarse qué principio o derecho fundamental de la vida social se está protegiendo y haciendo valer con ellas. ¿Qué es lo que pasa ahí? Pues algo así como que al hablar de estas cuestiones se está violando un derecho sagrado y fundamental del individuo: el derecho a no saber y a no entender, el derecho a permanecer sordo, ciego, mudo e insensible, inmune, a lo que quiera que esté pasando, derecho que es, por la otra punta del cabo, obligación y condición igualmente sine qua non para participar de los beneficios y de la felicidad que la realidad reparte. O lo que es lo mismo, para pertenecer, para estar dentro, para tener pleno derecho de ciudadanía. Este derecho y este deseo de la persona son tan sagrados y fundamentales que el sujeto exigirá, por los medios más crudos e intransigentes si hace falta, que se respete su libre ejercicio, y sentirá cualquier crítica o cuestionamiento de los mismos como un agravio imperdonable y una ofensa de la máxima gravedad.

Cierto que esta ley de silencio y esta implacable regla de tacto social no son novedad ninguna y que esta obligación de callar, esta prohibición de hablar en contra, rige siempre como norma de vida en sociedad, pues es ley de la realidad que no puedan nombrarse nunca abiertamente las leyes o principios en los que la realidad (de la dominación) está fundada, y que el descubrimiento y la denuncia de la mentira de la realidad expulsen fuera de ella, de tal modo que el no-entender o no-querer-entender que razón común denunciaba hace ya más de veinticinco siglos por voz de Heraclito como rasgo constitutivo y definitorio de la persona y sus creencias no sería entonces sino la manera en que se expresa dicha ley en cada miembro del conjunto, la forma en que cada cual demuestra su determinación de ser un átomo integrado en la totalidad, su voluntad positiva y fehaciente de ser uno más de los felices.

Bien. Pero aquí estábamos atendiendo a esas formas más agudas o exacerbadas de ininteligencia, idiocia, desentendimiento, justificación, identificación y obediencia que parece que se activan, generalizan y enconan hasta lo insoportable en las situaciones, como ésta que ahora estamos padeciendo, en que la guerra se vuelve más feroz, mortífera y manifiesta; es decir, cuando el engaño se vuelve más sangriento y más brutal, cuando el precio por estar dentro se va volviendo cada vez más desorbitado e impagable, cuando la pertenencia al Todo exige no sólo sacrificios cada vez más grandes de vida y razón, sino que ataca ya directamente los más elementales intereses objetivos, por así decir, de sus miembros. O lo que es lo mismo: cuando el engaño debería resultar más obvio y más flagrante y uno esperaría por lo tanto verlo deshacerse como un trampantojo cuyo truco ha quedado al descubierto. Y lo que ocurre es exactamente lo contrario: que nunca es más cerrada la fe, nunca más ciega la obediencia, nunca más incontenible y virulento el no querer entender. Pocas cosas me han impresionado tanto en el último año y medio como la frase que me soltó un amigo hace unas semanas, después de varios intentos de hablar con él sobre los daños que está causando la vacuna y sobre lo que significa dejarse inyectar en medio de esta guerra. Me dijo: «Mira tío: que no quiero saber. Cuando me llamen, iré y me pondré la que me toque. Y no me digas nada más, porque es que no quiero saber».

No se puede decir más claramente. Y esta clarividencia, esta perspicacia con que la parte sumisa o sometida de cada cual defiende su idiocia y su desentendimiento, su renuncia a oír lo que de verdaderamente inteligente y común hay también en cada uno, indica que de alguna astuta manera sabe ella que es mejor no saber, y que por eso elige expresa y positivamente no darse por enterada, permanecer ajena, exenta, inmune o no tocada por el entendimiento de lo que esté pasando, a cambio de hacer, eso sí, lo que en cada momento se le mande, y aun cuando el ejercicio de ese derecho de inmunidad vaya a costarle a uno no ya la amistad de los amigos y cantidades cada vez más grandes de libertad e inteligencia, sino la salud y hasta la vida misma: aun cuando la inmunidad así adquirida acabe confundiéndose con la enfermedad y la muerte de las que dicho derecho o privilegio debía proteger, conforme a un paradójico principio inmunológico hoy de rabiosa actualidad pero conocido, como mínimo, desde los tiempos de los santos evangelistas, y que reza así: «Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí [e. e: palabra, logos o razón común], la salvará.»

(Dicho sea entre paréntesis: lo de «Cuando me llamen, iré y me pondré la que me toque», con todos los ecos o notas castrenses y sacrificiales que ahí resuenan, lo oí por primera vez en aquella conversación, pero debe de ser uno de esos eslóganes o consignas acuñados y puestos a circular desde lo alto, porque desde entonces no he dejado de verlo por ahí escrito y de oírselo decir a personajes y figurones de toda laya.)

Ya cabe empezar a entender por qué no nos podemos creer que nuestros sanitarios, nuestros muchachos, nuestros héroes puedan estar aplicando protocolos y medidas dañinas que están matando a gente en todas partes. Por qué no podemos entender que la salud de la Patria sea la muerte de la gente, y cómo es que este no querer entender sostiene a la Patria y a la Realidad toda, cómo es que infunde vida y sangre y razón a la mortífera sinrazón que administra nuestra muerte y pone en marcha y mueve y justifica, por los siglos de los siglos, las más enloquecidas, abyectas y perfeccionadas empresas de muerte y exterminio: no lo queremos entender, no lo quieren entender, no lo quieres entender porque ese no querer entender es la forma primera y fundamental de sumisión y de obediencia y de ser cada cual la Patria, la Realidad y la Muerte.

Pero si a ti y a mí nos sigue gobernando el ideal, si tú y yo seguimos obedeciendo, si los rayos del progreso no han despejado aún tiniebla alguna, entonces estas tinieblas eran ya también aquéllas, este ideal era ya aquellos ideales, aquellos obedientes de antaño ya eran tú y ya eran yo. Pues la obediencia es la misma siempre y en todas las épocas. Probemos entonces a denunciarlo una vez más y también del revés. Probemos a decir otra vez no sólo que tú eres los nazis, los fascistas, los bolcheviques, los grises, los yanquis, los españoles, los romanos… sino que todos ellos ya fueron tú, a ver si a fuerza de insistir y de darle la vuelta a esta fórmula tan certera quisiéramos darnos por enterados. Probemos a decir, por ejemplo, con palabras de Primo Levi, superviviente y testigo de los campos de exterminio, que los alemanes de la Alemania de Hitler ya eran yo, que aquellos honrados ciudadanos ya hacían entonces lo mismo que haces tú ahora, y que aquel no saber nadie nada, aquel no querer darse nadie por enterado, aquel seguir haciendo y viviendo como si nada fue justamente lo que hizo posible exterminar a millones de seres humanos en el corazón mismo de Europa. En efecto:«Pese a las varias posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber o aun más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente, de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta.» (Primo Levi, Trilogía de Auschwitz, ed. Península, pp. 221-222. Cursivas mías.)O probemos a decirlo también a propósito de los héroes propiamente dichos, esto es, a propósito de los ejecutores de los protocolos y las medidas de exterminio, de los verdugos directos e indirectos, de nuestros muchachos y muchachas de entonces. Tampoco ellos hacían cosas malas y criminales: ¡también ellos eran gente decente! Funcionarios, técnicos, empresarios, profesores, médicos, enfermeros, personal sanitario… ¡gente normal y corriente que hacía lo que debía! No obstante, también a ellos participar en aquel engaño y ser tan víctimas como cualquiera del engaño y colaborar más que cualquiera con ese engaño les provocaba cierto estrés, un vago malestar psíquico y algún que otro escrúpulo moral. ¿Y cómo hacían para aplacarlos? ¿Cómo hacían para mantener el tipo, la moral y la decencia y seguir haciendo lo correcto y creyendo y obedeciendo y perpetrando las matanzas más inconcebibles? En el apartado «Problemas psicológicos» del libro La destrucción de los judíos europeos dice Raul Hilberg algunas cosas interesantes al respecto. Por ejemplo, esto (cursivas mías):«Ninguna máquina administrativa había tenido que soportar la carga de una tarea tan drástica. En cierto sentido, la tarea de destruir a los judíos sometió a la burocracia alemana a una prueba suprema. Los tecnócratas alemanes… no eran hombres especialmente elegidos. En su formación moral no es posible diferenciarlos del resto de la población. El perpetrador alemán no era un tipo de alemán diferente. Lo que se pueda decir de su moralidad es aplicable a la totalidad de Alemania, aunque sólo sea porque la propia naturaleza de la planificación administrativa, de la estructura jurisdiccional y del sistema presupuestario imposibilitaba la selección o la formación especial de personal para los propósitos específicos de la destrucción. Cualquier miembro de la policía podía convertirse en vigilante de un gueto. Cualquier abogado de la Dirección General de Seguridad del Reich era apto para servir en una unidad móvil de exterminio. Cualquier funcionario de los ferrocarriles y cualquier químico de la I. G. Farben podían fácilmente ser destinados a Auschwitz. En otras palabras, todas las operaciones necesarias fueron llevadas a cabo por el personal disponible… Cada profesión, cada especialidad y cada categoría social estaban representadas en [la máquina de destrucción]. En un Estado totalitario, la formación de un movimiento opositor fuera de la burocracia es prácticamente imposible… Ninguna obstrucción paró la máquina de destrucción alemana. Ningún problema moral se demostró insuperable. Cuando todo el personal participante fue puesto a prueba, hubo muy pocos rezagados y casi ningún desertor. El viejo orden moral no se rompió en ningún punto de la cadena. Este es un fenómeno de la mayor magnitud… ¿Como conseguía el burócrata alemán superar sus inhibiciones morales?… No estaba psíquicamente desarmado… Cuando disputaba consigo mismo, tenía a su disposición las herramientas psicológicas más complejas que se hayan elaborado durante siglos de evolución cultural. Fundamentalmente, este arsenal de defensas constaba de dos partes: un mecanismo de represiones y un sistema de racionalizaciones… La tercera fase del proceso de represión fue prohibir las críticas. Las protestas públicas de personas ajenas al sistema fueron muy raras. Las críticas se expresaban, como mucho, en murmullos dentro del circuito de rumores… La Cancillería del Partido, en instrucciones confidenciales dadas a su maquinaria regional, intentó combatir estos rumores… En toda Alemania, nadie se manifestó públicamente en contra de la política de destrucción, salvo un sacerdote católico, Bernhard Lichtenberg, que rezó por los judíos en la catedral de St. Hedwig, en Berlín… Este hombre, declaró el tribunal, ya no iba a aprender; si permaneciera libre, podría incluso llamar a su congregación a desobedecer al Estado. He aquí, concluyó el tribunal, un peligro que no debería subestimarse. Lo sentenció a dos años de cárcel. A su liberación, la policía se hizo cargo de él, y Lichtenberg murió de camino a un campo de concentración… Dentro de la burocracia se dieron algunos otros ejemplos de crítica, aunque de nuevo muy rara vez se trató de protesta abierta. Por supuesto, era admisible criticar las medidas desde el punto de vista del bienestar alemán… También era permisible mencionar los efectos psicológicos perjudiciales de las matanzas sobre los perpetradores, pero se trazaba una línea drástica entre tales críticas y la insinuación de que el proceso de destrucción estaba intrínsecamente equivocado… En su cuarta fase, el mecanismo represivo eliminó el proceso de destrucción de los temas de conversación social. Entre los participantes más cercanos, hablar de las matanzas se consideraba de mala educación. He aquí lo que Himmler dijo al respecto en el discurso pronunciado el 4 de octubre de 1943…»Mucho más podríamos seguir diciendo, del derecho y del revés, sobre el elaborado sistema de justificaciones y creencias que permite mantener intacta la fe. O lo que es lo mismo, sobre la decencia, la obediencia, el silencio y el heroísmo de los verdugos y sobre la decencia, el desentendimiento, el silencio y la buena conciencia de los buenos ciudadanos. Pero paro aquí y pregunto: ¿podrá entenderse ya que este no querer saber, este desentenderse cada cual de lo que está pasando y seguir haciendo y viviendo como si nada es la forma primera de la sumisión y de la obediencia y de ser cada cual la Patria, la Realidad y la Muerte, es decir, lo que permite al Señor que aspira a gobernarlo todo administrar la muerte nuestra de cada día y poner en marcha las más enloquecidas, abyectas y perfeccionadas empresas de dominación y de exterminio?

https://contraelencierro.blogspot.com/2021/05/a-proposito-de-heroes.html

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