La vacunación es una práctica milenaria de la medicina tan criticable como cualquier otra

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Uno de los rasgos diferenciadores del conocimiento científico es que no es reduccionista. No se empeña por obtener respuestas simples a fenómenos complejos, una categoría en la que entran aquellos que conciernen a la humanidad en su conjunto. La complejidad aumenta si hablamos de una práctica médica y social, como las vacunas, que tienen mil años de antigüedad, por lo menos.

Las descalificaciones contra los “antivacunas” son consecuencia de ese reduccionismo, cuyo efecto primordial es la inclusión en el coletivo de quienes simplemente expresan una opinión crítica hacia cierto tipo de vacunas o hacia los componentes de las mismas.

El movimiento “antivacunas”, que siempre fue muy pequeño, ha crecido espectacularmente con esta pandemia, al mismo ritmo que la insolencia de los gobiernos, que son los máximos interesados en (des)calificar cualquier opinión disidente. Oponerse a las campañas de vacunación es algo peyorativo en sí mismo, una irresponsabilidad que atenta contra la salud pública. Lo mismo que en el asunto de las mascarillas, algunos hablan de egoísmo, de poner sus propias opiniones por encima del colectivo.

El asunto es justo al revés, pero para eso hay que entender un principio tradicional de la medicina como la vacunación.

Una vacuna no es un fármaco cualquiera cuya ingesta ayuda a que un paciente supere su enfermedad. Normalmente los medicamentos están diseñados para los enfermos, mientras que las vacunas se aplican a los sanos, a quienes no padecen ninguna enfermedad. Antiguamente los manuales de medicina decían que las vacunas tienen un carácter preventivo. Se trata de que una persona no enferme o para que reduzca los síntomas de las enfermdad.

Lo que las vacunas no pueden conseguir de ninguna de las maneras es impedir ni frenar la circulación de ningún virus. No es posible crear un medio aséptico, libre de bacterias y virus, ni dentro ni fuera del cuerpo humano. La política de “cero covid” es imposible y, al final de esta pandemia, los “expertos” han claudicado: debemos “convivir con el virus”. Con mejor criterio deberían haber dicho: “la humanidad lleva conviviendo con los virus desde su mismo origen”.

Tanto las personas vacunadas como las que no lo están intercambian virus cotidianamente. Una persona no vacunada transmite los virus exactamente igual que una vacunada. Si las vacunas son efectivas, como dicen, lo que cambian son las consecuencias para los no vacunados, que son los únicos que deberían mostrar preocupación.

Sin embargo, ocurre al revés, como en tantas otras imposiciones de esta pandemia: sólo se preocupan los que llevan mascarilla y sólo se preocupan los que ya están vacunados. Esta paradoja es consecuencia del miedo, que a su vez es consecuencia de un engaño meticulosamente difundido, porque hasta el más inepto de los “expertos” sabe que ninguna vacuna puede prevenir eso que llaman “contagio”.

No es posible “luchar” contra los virus, ni mucho menos “vencer” a ninguno de ellos, como decían al principio de esta pandemia. Los espectáculos de desinfección que nos mostró el ejército el año pasado en lugares públicos fueron grotescos, lo mismo que los anuncios publicitarios de líquidos capaces de lograr lo mismo en casa o las ceremonias de lavado manos con hidrogel.

No obstante, en torno a los virus y bacterias los “expertos” han acabado engendrando toda una subcultura que se está transmitiendo entre generaciones, en la que se incluyen tanto doctrinas absurdas, pero muy arraigadas, como ciertas prácticas cotidianas de desinfección que han llegado a convertirse en un negocio.

A lo largo de la historia ninguna vacuna ha erradicado ninguna enfermedad, ni de las llamadas “infecciosas” ni de ningún otro tipo, porque hasta hace muy poco tiempo no se han administrado a los que ya están enfermos sino a los sanos. Nunca han tratado de curar sino de prevenir.

Ahora bien, con el tiempo estos principios elementales de la medicina se han ido sustituyendo por otros muy distintos y eso no es consecuencia de ningún “avance”, sino todo lo contrario. Ahora mismo están vacunando de una manera masiva e indiscriminada, sin ningún análisis previo de la persona que la recibe y del tipo de vacuna que se administra. Es algo que jamás había ocurrido a esta escala. Da lo mismo que sean jóvenes, adultos o ancianos, mujeres u hombres, sanos o enfermos…

Las consecuencias son más que evidentes para quien no cierre los ojos: jamás en la historia las vacunas habían producido tal cantidad de muertes ni de efectos adversos, lo que en cualquier otra circunstancia hubiera sido más que suficiente para suspender esta campaña.

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